31 mar. 2011

Uno de los hombres más felices que conozco.

La verdad no se su nombre, se su apodo: "El cholo", lo se, es muy poco poético, es demasiado urbano, pero si encierra una felicidad que contemplo y no entiendo del todo.

El cholo tiene unos cuarenta años de edad, trabajó varios años en Estados Unidos y luego pasó algunos en prisión, la verdad desconozco la razón, supongo que por ser cholo, luego lo deportaron a su natal jerez y como muchos ex-convictos que pagaron algún delito del otro lado de la frontera, el ingreso a trabajar a la empacadora de carnes.

Quizá sea la fascinación por la sangre equina, el manejar cuchillos o el hecho de que aquí no miramos esos antecedentes, el que el personal de mi trabajo, sea como la tripulación de Cristobal Colón. Es un postre para mi hombría tratar con esos hombres y ganarme su respeto.

El cholo llevará un par de años trabajando aquí, está casado y creo que tiene un par de hijas pequeñas, es bajito, mas o menos como tu, usa siempre la cabeza afeitada y el bigote extendido hasta donde termina la barbilla, desde que llegó ha sido ejemplo de trabajo arduo, de entrega, apesar de que gana menos de mil pesos a la semana y que las horas extras las pagan como a diez pesos, cada vez que hubo necesidad de quedarse lo hacía sin renegar.

Tiene unos seis meses entrando media hora antes, para hacer una revisión especial de la carne en canal previo su despiece, le pagan extra como debe ser y cabalmente cumple con su trabajo. Fue allí cuando lo empecé a tratar más, porque requería un lector de microchips, para detectar si en algún animal, no hubiera sido extraído al momento de su sacrificio.

Yo implementé aquí la identificación de cada caballo por medio de un chip inyectado en el mismo, así que yo era el custodio de los lectores y por esa razón platicaba más con el, quizá hasta ahora éste hombre solo es un ejemplo de trabajo arduo, de empeño y dedicación, ahora viene lo extraordinario.

El Cholo es admirado más que por su trabajo por su excelente humor y por su gusto por el canto, por las tardes o por las mañanas, entra cantando a la planta, le gusta la música de banda y los corridos, siempre bromea, hace un chiste o suelta un chascarrillo, siempre sonriendo cuando inicia sus labores.

Esos días, después de diez o más horas de trabajo duro, regresa cantando a los vestidores, con esa misma alegría, con esa misma pasión y con fuerte entonación, mi crueldad me hace imaginarlo como en ese bello cuento de blanca nieves, donde los enanos regresaban cantando después de trabajar el día entero en una mina, ahora que lo reflexiono más esos personajes deberían conocer una buena cantidad de drogas para lograr tal efecto, lo del cholo es felicidad natural, por eso lo admiro.

Hoy luego de mucho de no verlo, porque ya cuenta con su equipo propio y el lo custodia para la detección de chips, me lo topé mientras regresaba de corrales, al mismo tiempo que el caminaba en mi dirección, teníamos la panorámica de la camioneta de reciente modelo del hijo del dueño, me saludo efusivamente gritando mi nombre, yo correspondí de la misma forma y en el breve diálogo solo me dijo: "Mira Ramón, esa camionetona del hijo del jefe, mientras nosotros andamos a pie.", me dejó sin palabras tanta sabiduría.

Eso pasó muy en la mañana y me ha dejado pensando bastante, porque sabes preciosa, el cholo no tiene la capacidad de cambiar al mundo, el quizá está limitado por su edad, por su trabajo, por su mucha o poca ignorancia y él, limitado en tantas cosas es quizá diez veces más feliz que yo.

Pero igualmente mi llamado será a dos cosas, a ser feliz y a cambiar el mundo, he pensado mucho, en que quizá aquí donde estoy formo parte y soy directo cómplice de tanta desigualdad, si yo fuera el dueño de la empresa, buscaría que mis empleados estuvieran mejor.

Cambiemos el mundo desde nuestra felicidad!

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